Se sentó en el suelo, con la cara parcialmente cubierta por los mechones de pelo castaño que resbalaban rebeldes de su coleta y lloró. Lloró tan fuerte que sintió como se le marchitaban los ojos. Pero lloró para dentro, invirtiendo el proceso, porque aquella tristeza, aquel agujero negro que amenazaba con devorarla por completo, era única y exclusivamente suyo. Ni siquiera permitiría que la pena la abandonara, porque si se iba, estaría completamente sola.
La rabia, el miedo, la soledad, era todo lo que le quedaba de él y simplemente no podía dejarlo ir.
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