domingo, 6 de abril de 2014

Dicen, que cuando nos hacemos mayores, debemos guardar nuestros sueños bajo llave.
Yo siempre me he imaginado dónde debería esconder yo mis sueños cuando fuese adulta.
Quizás en el primer cajón de la cómoda del pasillo, o en aquel costurero antiguo que siempre me gustó. Puede que el lugar perfecto para guardar mis sueños fuese debajo de la cama, junto a las cajas amontonadas de zapatos, o en una de las habitaciones de mi casita de muñecas.
Sin embargo y aunque me miro en el espejo todas las mañanas, nunca consigo saber si hoy será el día en el que me haré mayor, y por las noches, me vuelvo a acostar, con mis sueños revoloteando por mi habitación, preguntándome si seré capaz de sentir el cambio.
Estoy segura de que muchas personas, aunque aseguran que tienen sus sueños bajo mil llaves y cerrojos inaccesibles, se levantan despacio de la cama, cruzan de puntillas para no hacer ruido y levantan la tapa de la caja donde guardan sus sueños, sólo para echar un último vistazo antes de dormir.
Y cada noche les cuesta más cerrar la tapa y devolver al cajón todos los sueños con los que crecieron, todas las ilusiones, esperanzas y metas con las que aprendieron a vivir.
¿No os dan pena todos esos sueños encerrados?
Porque sin ellos, la vida se vuelve gris. Como si de repente le faltara el estribillo a tu canción favorita.
Así que iniciemos una revolución. Abre tu caja fuerte, el tarro de alubias de la alacena, el calcetín que te regaló tu abuela por navidades o la caja de arena del gato.
Sea dónde sea que guardes tus sueños, déjalos volar.
Vuelve a reír como la primera vez que comiste un helado, como aquella vez en la que descubriste que la lluvia mojaba y que sentiste el tacto de la arena en tus pies.
No dejes que nadie más te diga nunca que debes dejar de ser quien eres, porque tus sueños, da igual que sean grandes o pequeños, redondos o hexagonales, son el motor que impulsa la vida.

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