jueves, 6 de febrero de 2014

Qué duro debe ser saber que te vas a morir.
Ese instante en el que comprendes que ya no volverás a ver a las personas a las que quieres, ni volverás a releer tu libro favorito.
Ya no podrás disfrutar de un café caliente en la mañana, ni reírte de una broma o descalzarte y sentir la hierba húmeda bajo los pies.
Y te desborda esa sensación de angustia, porque cuesta demasiado despedirse de las cosas que quieres con toda tu alma.
Y entonces comprendo que el ser humano no está preparado para ese terror abismal. Somos demasiado pequeños, demasiado mortales para renunciar a la vida. Así nació Dios.
Una respuesta a la sensación de pérdida de unas manos, de una caricia. Surgió de un beso en la frente, de un roce de miradas, de un abrazo de los que no se acaba.

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