Quizás solo fui una tonta. Por pensar que me querías, por jugar a escondidas a dibujar todas nuestras noches. Incluso me atreví a ponerle nombre a todos los besos que me darías antes de ir a la cama. Sabiendo a ciencia cierta que jamás podría volver a dormir, porque tú eras mi sueño.
Y éramos tan pequeños cuando supe que quería estar contigo hasta el final. Cuando entendí que eras el único al que quería entregarle todas mis noches, aunque tú sólo quisieras regalarme horas sueltas de tu colchón. Y así fueron pasando los meses, enredándonos entre excusas, dejando que una mañana nos despertáramos y nos diéramos cuenta de que habían pasado los años. De que el tiempo se nos consumía entre las manos.
Y entonces me besaste. Atrapaste mi labio entre los tuyos y sentí tu calor al igual que se siente el primer rayo de sol en primavera. Juro que en ese maldito instante lo hubiera dejado todo por ti, hubiera cruzado el mismo infierno por tu sonrisa.
Tus manos me desvistieron con pasión, con ansia. Como si el contacto con mi ropa te quemase. Todavía puedo escuchar el sonido entrecortado de tu respiración, sentir tu sudor resbalando por mi piel. Sigo recordando esas tardes de miradas furtivas, de sonrisas cómplices, de manos inexpertas..., esas noches en las que yo jugaba a encontrarte y en las que tú te dejabas encontrar. Horas repletas de besos, besos sin condiciones, sin límites, sin presiones, sin promesas, solo besos. Besos hambrientos, besos con ganas de devorar.
Y me enamoré. Hice lo único que tú no querías que hiciera. Enamorarme como una idiota de todo lo que podíamos llegar a ser si sólo nos hubieras dado una oportunidad. Si hubieras acallado al miedo, si te hubieras fumado la distancia. Porque tú y yo éramos fáciles, teníamos todos los motivos para ser felices.
No hay comentarios:
Publicar un comentario