sábado, 14 de septiembre de 2013

Coger el tren para viajar entre dos ciudades a las que siempre he estado unida ha sido algo recurrente en mi vida. El mismo tren, la misma hora, el mismo recorrido...sólo que esta vez era yo la distinta.
Recostada sobre el asiento de mi vagón, con la mirada atrapada en el cristal de la ventana, no he podido evitar pensar en el accidente de Santiago. Para aquellas personas también sería una escena recurrente viajar en tren, tal vez a la misma hora y el mismo trayecto. ¿Qué nos hace tan distintos? 
Al mirar a mi alrededor sólo vi gente cercana. Parejas, amigos, personas mayores. Gente leyendo, gente 
hablando por el móvil. ¿Quién pensaría que nos puede pasar a nosotros?
A veces no consigo quitarme la impersonalidad de las víctimas de accidentes. Cómo si supiera que ellos estaban destinados a eso, como si al nacer, un  tanto por ciento de la población tuviese ya marcado su final. Y sin embargo, ellos son tan reales como nosotros. Ese vagón de tren era tan cierto como el mío, aunque yo estoy viva y ellos no.
No consigo describir la sensación que me produce saber que no tenemos opción de parar el tiempo antes de irnos, de despedirnos de las personas que queremos. Es demasiado injusto.



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