sábado, 8 de junio de 2013

Escribir para no estudiar.

Eran las cuatro de la mañana y no podía dormir.
Los números de mi despertador digital se clavaban en mí como cuchillos. Cada minuto, cada segundo que pasaba se convertía en una lenta agonía. 
Con un suspiro, me decidí a levantarme. 
Encendí la luz del baño, y me contemplé en el espejo. Mis ojos color avellana estaban enmarcados por unas profundas ojeras violáceas, y el flequillo se me pegaba a la frente a causa del sudor.
¿Hacía cuanto no me daba una ducha?
Mi teléfono sonó en la otra sala, y yo me abalancé hacia él, casi con fiereza.
- ¿Sí? – sentía como el corazón me latía a mil por hora, apenas podía escuchar nada aparte de su ensordecedor sonido.
- Alice, mierda, me tenías preocupada, he estado intentando contactar contigo toda la maldita noche. ¿Dónde tenías el móvil?
- He estado ocupada- dije, preocupándome de imprimirle a mi voz un tono cortante y directo.
- Mira, ya sé que…
- Liz- la interrumpí- sé que eres mi amiga, pero no te metas en esto. Buenas noches.
Cerré la tapa de mi móvil con brusquedad, y lo lancé a la cama, intentando contener las lágrimas. Odiaba llorar, y sobre todo, detestaba perder el control de mi misma. Sentirme frágil, vulnerable, y débil. 

Me odiaba en mi fuero interno y sobre todo, lo odiaba a él. 
Aún había algunas de sus cosas esparcidas por mi habitación. Un par de fotografías de ambos, un frasco de colonia, algunos vaqueros, y su guitarra.

Su guitarra.

Actué deprisa. Apenas me dio tiempo a considerarlo. Simplemente fue tan fácil como cogerla y dejarse llevar. Estamparla una y otra vez contra la pared, mientras se iba partiendo en miles de astillas de madera. 
No me di cuenta de que estaba llorando hasta que mis lágrimas resbalaron lentamente desde mis mejillas, trazando surcos en mi cara. 
Y por muy estúpido que pareciera, pensé que aquella guitarra y yo no éramos tan distintas. Ambas estábamos rotas.
Tenía que cambiar de vida. Dejar atrás todo aquello que me hacía daño. 
Cogí de mi mesilla de noche mi petaca de Whisky, y me bebí de un trago el contenido.
El licor recorrió mi garganta, devolviéndome a la vida entre llamaradas de fuego.
Recuperé mi móvil, fotografié lo que quedaba de la guitarra y se lo mandé por mensaje:

Espero que te guste, cabrón.

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