No podía apartar la vista de ella.
Observó cada detalle. Su piel dorada por el sol, los pequeños rizos que se le escapaban juguetones del peinado e incluso sus agrietados labios.
Sintió como todo su ser se removía en una profunda ola de deseo. La necesitaba. Urgentemente.
Introdujo los pulgares en los bolsillos de su vaquero y la atrajo hacia él.
Ella respondió con una sonrisa traviesa, partícipe de su juego secreto.
Apenas podía respirar con claridad, todos sus pensamientos se nublaban, confundidos con el olor de su ropa.
Deslizó una mano, ávida de piel, a través de su espalda, recorriendo la columna vertebral. Toda ella era placer. Como si cada centímetro de su cuerpo encajara con el suyo. Dos piezas de un puzzle, dos personas perfectamente sincronizadas.
Se detuvo un sólo instante en el lóbulo de su oreja antes de fundirse con ella.
- Te he echado de menos.
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