lunes, 10 de octubre de 2011

La mañana en que recogí mis cosas del hospital era grisácea , de un fuerte color ceniza.
Debía sentirme contenta, me había dicho mi madre, por fin se acabarían, las para mi, eternas noches en la penumbra de mi habitación, mirando el vacío de forma ausente.
Volvía a casa.
Aún no había podido asimilar del todo lo que aquella frase significaba en realidad.
¿Volver a....casa?
Por más que me esforzara por recordar algo, mi mente no me lo permitía.
Ante mí se agolpaban caras borrosas, voces sin dueño, manos que intentaban aferrarme sin éxito, escenas inconclusas...
Respiré hondo, e intenté, sin mucha suerte, creo, que la ansiedad no se dibujara en mi rostro.
No quería volver de nuevo al hospital. Me sentía una extraña en aquel lugar.
Mamá y yo apenas hemos hablado sobre mi estancia en el hospital, y la única vez que le pregunté ella me gritó y salió llorando de la habitación, así que he asumido bien mi papel de hija que no hace preguntas indiscretas.
Y aun así, a veces, si cierro los ojos, mi mente me trae de nuevo recuerdos, una sala brillante..., mucha gente vestida de blanco a mi alrededor, los rayos del sol cegándome, gritos...., y de repente oscuridad.

Mi madre cierra de un golpe el maletero del coche, trayéndome a la realidad.
me esfuerzo por enseñar mi mejor sonrisa, y me despido del edificio en el que he pasado mis dos últimos años.

Cuando el Skoda Octavia de mi madre llegó a nuestra casa, o al menos así debía llamarla,  no pude evitar sentir desilusión, pensé que mis antiguos amigos me estarían esperando con una gran pancarta, y todo lleno de globos, pero allí solo estaba el gato mi vecina, la señora sparkel.
Mi madre no me dejó ayudarla con las maletas, así que me dediqué a contemplar mi antiguo barrio, repleto de casas señoriales y jardines impecables.  Mis ojos vagaron distraídos por las sombras de los columpios,que se movían al compás del viento, de las ventanas, que reflejaban ojos indiscretos..., hasta que una figura vestida de gris, detenida al fondo de la calle, llamó mi atención.
Él captó mi mirada y salió corriendo, pero yo ya le seguía.

- ¡Rose! vuelve, por favor no me hagas esto.

Hice caso omiso de las súplicas de mi madre, ya me ganaría una bronca cuando volviera, ahora en mi cabeza tan solo brillaba una idea, seguir a la persona que me había estado observando desde la lejanía.
No me di cuenta de que había llegado al bosque hasta que tropecé con las raíces del suelo y me hice un profundo corte en la pierna.
Intenté imaginar la cara que pondría mi madre cuando me viera aparecer.

- ¿Ross?- Una voz inconfundiblemente masculina hizo que levantase la cabeza.
Al principio no supe que decir. Allí estaba él, mucho más alto y fuerte de lo que lo recordaba, con el rostro muy serio y la mandíbula apretada.. Su cabello rubio estaba muy corto, y sus ojos verdes me miraban impasibles.
- Erik...- susurré, mientras apretaba los dientes a causa del dolor de mi pierna.
Él pareció darse cuenta, pero no hizo nada.

- Has vuelto- dijo al cabo de un rato, y sonó como si me estuviera acusando.

Lo miré sin comprender.
- Sí, he vuelto, creo que ya me he curado...
- ¿Curado?- repitió Erik con una sonrisa irónica- no creo que tú necesites eso, Ross.
- ¿Qué? No te entiendo Erik, actúas de una manera muy rara. Mira, creí que éramos amigos, y que te alegrarías de que volviese a casa...
- Nadie se alegra de que hayas vuelto, deberías haberte quedado en el psiquiátrico.

¿Psiquiátrico? ¿De qué demonios estaba hablando...?

La voz de mi madre interrumpió el hilo de mis pensamientos, y cuando me di cuenta, Erik ya se había marchado.
-¿Rose? ¡Rose!- mi madre se acercó a mi llorando, y me abofeteó con fuerza- Jamás me vuelvas a hacer esto.

Yo asentí, ausente.



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